¿Quiénes me siguen?

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domingo, 3 de junio de 2012

Lágrimas.

El sol había salido hacía unas horas, pero nada de lo que iluminaba adquiría color, vida. El cementerio estaba en calma, era todavía demasiado temprano para los visitantes ocasionales que lo invadían cada sábado, recordando por una vez en quién sabía cuánto tiempo a aquellos que habían perdido.
Ella, sin embargo, estaba ya allí, caminando entre las lápidas de piedra sin prestar atención a ninguna de ellas, recorriendo el mismo camino que su memoria se había aprendido años atrás, la primera vez que cruzó ese césped más vivo que los que descansaban bajo él.
El viento hacía ondear su pelo, que años atrás había sido castaño y que ahora lucía como apagado, carente de todo brillo.
-Daniel...
Todavía suspiraba su nombre cuando veía su tumba, una enorme masa de mármol sobre la que un ángel con su rostro extendía las alas, como si fuera a volar. Había sido muy guapo en vida, con el pelo del color de la miel y los ojos grises, que se iluminaban cada vez que sonreía. Dejó de sonreír cuando un coche chocó contra su moto, lanzándole por los aires. Incluso durante esos días de constantes visitas al hospital, ella pensó que se recuperaría, que llegaría un momento en el que entraría en la habitación y vería de nuevo esa luz en su rostro, la alegría pura que transmitía a todo aquel que estaba a su lado. No obstante, no fue así, quizás luchara contra la muerte, pero esta le venció. Ella estaba junto a él cuando las máquinas que controlaban los latidos de su corazón dejaron de funcionar, quedando el mundo en silencio. Sus gritos de dolor, de pena, se fundieron con los esfuerzos de los médicos por devolverle a la vida, pero fue en vano.
Cesan los recuerdos y mira al frente, a la inscripción de amor que mandó esculpir en la piedra. Diez años después, no ha sido capaz de volverse a enamorar, de seguir adelante más allá del día de su entierro, cuando tan sólo tenía veinte años.
Como cada vez que se acerca a lo que son los restos de Daniel, siente una presencia, la suya, y sabe de alguna manera que él no se ha ido, que permanece donde está enterrado esperando sus visitas para poder verla, ver cómo va cambiando.
Desearía verle, ese es el deseo que pide todas las noches antes de irse a dormir.
Algo suave, cálido sobre su hombro le hace girarse. Y al fin le ve, tan joven como aquel día, con luz en la mirada. Acerca la mano para tocarle, pero esta le traspasa. Es entonces cuando las lágrimas escapan de sus ojos, deramándose hasta el suelo.
Daniel sonríe, la sonríe a ella. Y luego se marcha, flota y desaparece dentro del ángel de mármol, como un alma que regresa a donde pertenece.
Ella observa la figura, toca la fría piedra, lisa, sin imperfecciones.
Entonces es ella quien sonríe.
Es hora de vivir de nuevo.

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